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 Aun Encerrada / Aun atada!!!

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Volkova249
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MensajeTema: Aun Encerrada / Aun atada!!!   Jue Jun 03, 2010 5:21 pm

Aún encerrada, aún atada
Alan Plessinger y Sharona


Renuncia: Los personajes de este relato son propiedad exclusiva de Universal/MCA Television. Con la creación de este relato no se ha obtenido beneficio económico alguno ni se ha pretendido infringir los derechos de autor. Este relato hace referencia a prácticas sexuales entre personas del mismo sexo, así como a prácticas sexuales sin consentimiento mutuo. Tenedlo presente si decidís seguir leyendo. Los autores no se hacen responsables si no se hace caso de esta advertencia. Tened en cuenta que este relato es un final alternativo para el episodio Encerrada y atada, de modo que si no lo habéis visto, seguramente no os enteraréis de qué está pasando. En cuanto al resto de la renuncia, la verdad es que sólo quería ver si ibais a seguir leyendo...
Alan Plessinger

Título original: Still Locked Up, Still Tied Down. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Capítulo 1

Xena bebió un trago de vino especiado y miró a Talasa a los ojos, pero Talasa no la estaba mirando a ella, sino a Gabrielle.

Está gabrielizada, pensó Xena. Otra que está colada por ella. No he visto a nadie que cayera tan deprisa desde Terreis.

Xena sentía lástima por Talasa y no sólo por el muñón con que terminaba su brazo. Porque el amor de Gabrielle pertenecía únicamente a Xena. No podría renunciar a ese amor aunque quisiera.

Bebió otro trago de vino.

Talasa, pensó Xena, espero que encuentres a tu propia Gabrielle. Pero no te puedes quedar con la mía. La necesito. Necesito esa maravillosa y dulce sonrisa que estoy empezando a ver de nuevo, por primera vez desde hace mucho tiempo. Puede que no me la merezca, pero la necesito tanto.

Intentó enfocar la mirada en Talasa, pero la vista se le estaba poniendo borrosa. Sentía las extremidades pesadas. Dejó caer el vino, que se derramó encima de la ropa de tela de saco que la cubría.

—La necesito... —dijo Xena en voz alta y cayó de bruces al suelo.

Gabrielle corrió a su lado.

—¿Qué le has hecho? —preguntó en tono acusador al tiempo que palpaba los músculos del cuello de Xena buscando el pulso.

—Tratarla como la presa que es —explicó Talasa con frialdad—. ¡Guardias! —llamó, volviendo bruscamente la cabeza.

Dos guardias entraron para sujetar a Gabrielle y otros dos para llevarse el cuerpo de Xena a rastras. Gabrielle se debatió en sus brazos.

—¿Cómo puedes hacerle esto? —gritó Gabrielle—. ¡Te ha salvado la vida!

Talasa se plantó ante Gabrielle, que seguía forcejeando, y le tocó una mejilla con ternura.

—Tú eres mi vida —dijo.

Capítulo 2

Había pasado un día desde la nueva encarcelación de Xena y Talasa aguardaba expectante ante la chimenea de barro cuando Gabrielle entró en sus habitaciones. Estaba claro que la alcaidesa se había esforzado por parecer atractiva y seductora y la luz del fuego bailaba en sus ojos.

—Hola, Gabrielle —sonrió.

Gabrielle no le devolvió la sonrisa y se limitó a dejar el cuenco que contenía el ungüento y la cataplasma. Le quitó la prótesis a la alcaidesa y empezó a aplicar el ungüento sin decir palabra.

—Te conozco muy bien, Gabrielle. Quieres hacerme daño, pero no me lo vas a hacer. Y te sería muy fácil.

—¿De qué serviría?

—Gabrielle, cuando te miro a los ojos, veo a la mujer que podría haber sido yo.

—Y que aún puedes volver a ser —sugirió la bardo esperanzada—. Pero has empezado muy mal. ¿Por qué le estás haciendo esto a Xena?

Talasa señaló su muñón con los ojos.

—No te quitó la vida, Talasa.

—No. Simplemente me la destrozó. Me condenó a una vida entera de dolor constante. Me arrebató la belleza y la tranquilidad y no me dejó más que rabia y odio. Me mutiló el cuerpo y el alma.

—¿Es que no ves cuánto lo lamenta?

—¡Me da igual! ¿Por qué debería tener a alguien como tú? Tú llegaste a mis habitaciones y me hiciste olvidar el dolor con el que vivo todos los días. Una hora contigo, hablando, sintiendo tu tacto y estando contigo, y volví a sentirme completa. No voy a renunciar a eso. ¡No puedo!

—¿Y qué sientes ahora?

Talasa frunció el ceño.

—¡Que quiero arrancarle el corazón a Xena! ¡Porque te tiene y yo no! Se pasa una vida entera haciendo el mal ¿y cuál es su castigo?

—Pasar una vida entera haciendo el bien.

—¿Contigo a su lado? Eso no es un castigo. El único castigo adecuado para ella es una vida sin ti. Ése es su Tártaro.

—¿Y tú eres su juez?

—Por supuesto.

—Dime una cosa, Talasa. ¿Por qué le dijiste quién eras?

Pareció quedarse desconcertada por la pregunta.

—¿Qué? ¿Por qué no iba a hacerlo?

—La tenías aquí por su propia voluntad porque creía que te había matado. Ahora que sabe que estás viva, quiere escapar. ¿Por qué le dijiste quién eras?

La alcaidesa se indignó.

—Quería que supiera con quién se estaba enfrentando.

La bardo parecía escéptica.

—¿No tuvo nada que ver con el hecho de que enterrara a esa presa bajo la lluvia?

Talasa parecía turbada y confusa. Gabrielle terminó sus servicios curativos y volvió a colocarle la prótesis.

—Mentiría si dijera que eso no me inquietó —dijo Talasa—. Pensé, "No lo entiende. Todavía cree que forma parte de la gente buena". Pero no tardó mucho en volver a su verdadero ser.

—Porque tú hiciste que los guardias la maltrataran —explicó Gabrielle.

—No la maltrataron. Le dieron su merecido. Y se puso como loca.

—Por lo que he oído, no reaccionó hasta que intentaron azotar a otra presa.

—Siempre tiene excusas.

Los ojos de Gabrielle parecían suplicarle.

—¿Por qué no me dejas que la vea al menos, Talasa?

—¿Por qué? ¿Para que puedas darle eso? —señaló con su única mano el chakram que había colgado en la pared, protegido por un cristal.

Incluso en medio de su preocupación por Xena, Gabrielle no pudo evitar sentirse afectada al ver la poderosa arma de acero de Xena. Pero su atención se desvió hacia otra cosa. Junto al chakram había un armarito.

Gabrielle se acercó al armarito y lo examinó. Estaba lleno de pergaminos.

Se volvió hacia Talasa.

—¿Son míos?

—Son copias, en su mayor parte. Tengo la suerte de poseer unos pocos originales —Talasa sacó un pergamino de un estante y se lo entregó a Gabrielle—. He seguido tus historias... tus aventuras con Xena. He leído las palabras creadas por tu propia pluma.

Gabrielle lo desenrolló y se quedó mirándolo llena de asombro. Con un solo vistazo, supo al instante de qué historia se trataba. En ella aparecían Minya, Hower, un gigante inmenso llamado Gareth y un ejército cercano (y una bañera caliente... Gabrielle sonrió al recordarlo).

—Daría cualquier cosa por ser la inspiración de esa sonrisa —confesó la alcaidesa, acercándose más a Gabrielle y apartando unos mechones de pelo dorado rojizo de la bella cara de Gabrielle.

Ya no está enfadada. Siente algo por mí. Está intrigada. Y dentro de poco me amará.

Talasa se olvidó de hablar mientras contemplaba ese rostro adorable y esos ojos increíbles. Luego volvió en sí y dijo:

—Gabrielle, te voy a decir la verdad. Yo ya te amaba antes de que pusieras el pie en esta isla. Había leído tus relatos muchas veces y me imaginaba tu voz pronunciando las palabras. Te habías convertido en una fantasía para mí, Gabrielle. Por mucho que deseara vengarme de Xena, a ti te deseaba aún más. Sabía que encontrarías un modo de llegar a la isla, en cuanto tuviera a Xena. E incluso antes de conocerte, me decía a mí misma que me iba a llevar una decepción, que era una necia, que no era posible que me enamorara de la voz de una autora sobre un pergamino. Entonces te conocí... y antes de darme cuenta siquiera de quién eras, me sentí atraída por ti... por tu forma de hablar y la expresión compasiva de tu ojos. Y al descubrir que eras mi fantasía, mis sentimientos se hicieron aún más intensos.

Se acercó más a la mujer a la que amaba y continuó.

—¡Tenía que apartarte de ella, Gabrielle! ¿Qué otra cosa podía hacer? Sé que te ha hecho daño... como a todas las personas con las que se ha cruzado. Te voy a decir otra cosa. ¡Esa soga que tenías alrededor del cuello tenía un nudo corredizo! En ningún momento estuviste en peligro. Sólo quería que vieras que he cambiado. Gabrielle, te quiero tanto, te necesito y te deseo. Por favor, di que te quedarás conmigo. Di que vas a pasar esta noche conmigo. ¡Me he tomado tantas molestias para atraerte hasta aquí y te quiero tanto! ¡Por favor, Gabrielle! ¡Por favor!

Gabrielle retrocedió un paso para apartarse de Talasa, conmocionada por el asombro y el miedo.

—No lo dirás en serio —dijo—. No.

Talasa intentó parecer indiferente, pero no lo consiguió. Tenía los ojos llenos de dolor.

Gabrielle meneó la cabeza con un gesto de rechazo y confusión.

—¿De verdad crees que puedes conseguir que te ame, a base de prácticamente secuestrarnos a las dos? Alguien que asegura conocerme sabría que yo jamás respondería ante esta clase de trato. Crees que me "amas", pero no conoces el significado de esa palabra.

El único brazo de Talasa se alzó para pegar a Gabrielle y ésta lo bloqueó con facilidad. La bardo pensó que no parecía haber fuerza en ese brazo.

—Te estás engañando a ti misma —afirmó Gabrielle tajantemente—. Yo nunca podría amar a una persona tan desconsiderada y manipuladora. Nunca podría amarte... jamás.

Recogió sus cosas y se encaminó hacia la puerta. Antes de marcharse, se volvió y dijo:

—Xena y yo nos escaparemos de este lugar y nos aseguraremos de que te quiten este puesto. Lamentarás no habernos ejecutado cuando tuviste la oportunidad.

—Ah, pero tendría que sacarla de su celda para ejecutarla, ¿verdad? Eso le daría la oportunidad que necesita para escapar.

—Talasa, no puedes ganar. Quieres que yo te ame y eso no va a ocurrir. Podrías torturarme y obligarme a decir que te quiero, pero ni siquiera los dioses podrían obligarme a decirlo de verdad.

Talasa clavó su profunda y penetrante mirada en Gabrielle.

—Tal vez el tiempo consiga lo que los dioses no pueden conseguir.

Gabrielle se marchó enfurecida.

Capítulo 3

Xena se levantó del frío suelo de piedra y guiñó los ojos al mirar la luz que entraba por el ventanuco situado en la parte superior de la celda. Era de día. La ventana era poco más que una rendija en la celda de piedra y hierro y era la única fuente de ventilación e iluminación. Estaba protegida por barrotes de hierro y aunque pudiera cortar esos barrotes con su chakram, ni siquiera un niño podría pasar por ella.

Escudriñó la parte del techo donde apenas distinguía los contornos de la única puerta. Por ahí la habían tirado a la celda. La puerta se cerraba desde arriba y probablemente también le habían puesto un peso encima. Podía saltar hasta el techo y palpar el contorno de la puerta, pero no podía encajar nada en él. Había intentado usar la bandeja con que le servían la comida, pero era inútil como herramienta. Podía dar un salto y pegar una patada a la puerta, pero no se movía.

Sólo había otra abertura, que era la ranura por la que le pasaban pan y agua en la bandeja. Se trataba de un estante largo, que daba al exterior. Empujaban la bandeja hasta ella con un palo. Podía meter el brazo en la abertura, pero el estante era más largo que su brazo, más largo que todo su cuerpo. En una ocasión consiguió agarrar el palo, pero era de madera quebradiza. Por lo tanto, inútil también.

Nunca veía a los guardias. Dormía en el suelo de piedra, que se mojaba cuando llovía. Al menos no había ratas.

¿Por qué no me metió aquí desde el principio? Seguro que es demasiado humanitario para su gusto.

Xena se sentó en el rincón y apoyó la frente en la pared.

—¡Piensa! —dijo Xena—. ¡Concéntrate! Tú puedes idear una forma de salir de cualquier prisión.

Pero ésta parecía una prisión construida específicamente para encerrar a Xena. Recordó lo ocurrido hacía un par de semanas y sonrió. ¿De verdad sólo habían pasado unos días desde que compartió ese abrazo maravilloso con Gabrielle, sonrió y vio la hermosa sonrisa de Gabrielle a cambio?

Recordó cómo había estado mirando a los bailarines y cómo se agachó y le susurró a Gabrielle al oído:

—Venga, salgamos de aquí. Saben llevar el ritmo.

Gabrielle se echó a reír al oírla y eso le alegró el corazón. Rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo y se acercaron al magistrado.

—¡Istafán! —dijo Xena.

—¡Istafán! ¡Cacho pan! —cantó Gabrielle—. ¿Cacho pan? ¡Cacho pan, Istafán!

—Gabrielle, por favor. Estoy intentando mantener una conversación en serio con esta salchicha de cerdo humana y no paras de interrumpir.

—¿Qué quieres? —preguntó la salchicha.

—Istafán, el resultado de las elecciones de mañana está cantado. Tú lo sabes y yo lo sé. ¿Por qué no nos ahorras a todos un montón de problemas y te retiras?

—Jamás.

—Tú mismo —dijo Xena—. Pero que sepas que nos vamos a quedar aquí para asegurarnos de que tus matones no hacen trampas con las urnas.

—Que es probablemente como resultaste elegido para empezar —añadió Gabrielle.

Istafán les soltó un gruñido irritado y ellas siguieron caminando. Al doblar la esquina, Xena cogió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó con cariño.

—¿Es que seguimos bailando? —preguntó Gabrielle.

—Te quiero, Gabrielle. ¿Te lo he dicho últimamente?

—Sólo todos los días desde que nos fuimos de Potedaia —contestó la bardo, devolviéndole el cariño.

—¿Sólo? Gabrielle, te juro que no soy humana contigo.

—Pues a mí me pareces humana.

—Sabes, he bailado en otras ocasiones como parte de un plan, para entrar en un castillo o para distraer a alguien. Pero hoy es la primera vez desde hace mucho tiempo que he bailado por pura diversión. No recuerdo cuándo fue la última vez. No creo que hubiera una última vez.

Gabrielle sonrió y se asomó por la esquina para echar un vistazo a los bailarines.

—Para ser una ciudad donde no permiten bailar, esta gente baila de maravilla.

—Creo que practicaban mucho de noche, en la oscuridad. Nosotras simplemente hemos dejado que entre un poco de luz en algo que ya estaba ahí —hizo una pausa y sonrió alegremente a su bardo—. Un poco como lo que tú has hecho por mí.

—Te quiero, Xena.

—Pues si me quieres, enséñame esos pasos. ¿Cómo haces eso con los pies?

Xena se quedó sentada en el rincón de su celda fría y húmeda, se abrazó a sí misma y se sintió caliente y feliz, por unos momentos. Tenía suficientes recuerdos de Gabrielle para seguir adelante durante cien años, de ser necesario. Talasa nunca podría destrozar su espíritu mientras pudiera pensar, sentir y recordar.

—Te quiero, Gabrielle —susurró Xena—. Aplícale tu magia. Porque yo me he quedado sin trucos.

Capítulo 4

A la mañana siguiente, Gabrielle llegó para atender a Talasa, pero la alcaidesa estaba notablemente más taciturna.

—Hola, Gabrielle —dijo de nuevo, pero en un tono más abatido y menos esperanzado.

Una vez más, Gabrielle no dijo nada y se puso a trabajar.

—Supongo que tienes razón —suspiró Talasa—. Pensé que podría conquistar tu corazón y hacer que me amaras. Pero me has hecho ver que no puedo.

—Pues déjanos marchar.

—No puedo hacer eso. Te quiero, Gabrielle, y no sé cómo dejar de quererte. Te necesito tanto como te necesita Xena, probablemente más.

Gabrielle dejó la cataplasma y se enfrentó a la mirada firme de Talasa.

—Talasa, si todo esto es por mí, deja marchar a Xena. Yo me quedaré contigo. Te lo prometo.

Talasa miró profundamente a los ojos de Gabrielle, intentando tomar una decisión.

—Xena intentaría llevarte con ella.

—No se lo permitiré. Te juro que me quedaré contigo si la dejas marchar. Te lo juro por la vida de mis padres.

—Gabrielle, tú nunca me vas a amar. Sé que no me odias, a pesar de todo lo que os he hecho a Xena y a ti. Pero jamás me amarás y eso me parte el corazón. Y no estoy dispuesta a que se me parta el corazón todos los días de mi vida. Pero te voy a hacer una oferta. Podéis iros las dos.

—¿Podemos? —preguntó la bardo confusa.

—Sólo quiero una noche contigo.

Gabrielle intentó no parecer escandalizada. Se dio cuenta de que no tenía un motivo auténtico para sentirse escandalizada después de todo lo que había ocurrido. Pero se estremeció visiblemente.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo? —preguntó Gabrielle, con voz temblorosa.

—Creo que sabes lo que estoy diciendo. Pudiendo elegir entre tu cuerpo y tu amor, preferiría tu amor. Pero no voy a pasar por todo lo que he pasado sin sacar algo de provecho. Quiero una noche de pasión contigo, Gabrielle.

—Yo... yo nunca he estado con una mujer —balbuceó la bardo.

Talasa pareció sorprenderse.

—Pero Xena...

—Ah, claro. Xena y yo. Todo el mundo lo da por supuesto. ¿Por qué ibas a ser tú diferente?

—Gabrielle, tanto si habéis tenido relaciones íntimas como si no, te lo prometo, Xena lo desea.

—Te... equivocas —dijo Gabrielle, no muy segura, al tiempo que una docena de miradas profundas y sensuales de Xena se le pasaban por la memoria para desmentir sus palabras.

—Da igual que me equivoque o no. ¿Qué respondes?

Gabrielle tragó una vez.

—Sí —dijo.

Talasa se acercó más a Gabrielle, le acarició la preciosa cara y acercó sus labios a los de Gabrielle.

—¿Esta noche? —preguntó Gabrielle.

—Esta noche.

Capítulo 5

Éste había sido el día más largo de toda la vida de Gabrielle. Tenía las ideas tan embrolladas y nubladas que se preguntaba si estaría perdiendo la cabeza.

Mientras los criados le preparaban el baño, su mente saltaba del inminente acto a lo que había dicho Talasa sobre Xena. ¿Cómo era posible que hubiera ocurrido todo esto? ¿Cómo iba a soportarlo?

Sólo había estado con una persona en toda su vida... su marido, al que quería. Y ahora esta mujer retorcida y amoral la obligaba a mantener relaciones íntimas... usando su amor por Xena como estratagema para llevársela a la cama.

Se le revolvió de nuevo el estómago al pensarlo.

Cuando los criados se marcharon, se metió en el agua caliente e hizo un esfuerzo consciente por relajar los músculos. Fue una auténtica lucha... pero lo logró en parte. No paraba de recordarse a sí misma que pronto habría acabado todo. Xena y ella volverían a estar juntas, libres de este lugar.

Cerró los ojos y se recostó en el agua. Había estado dispuesta a dar su vida por Xena... dar su cuerpo no debería ser más difícil, razonó. Pero por mucho que intentara convencerse a sí misma de ello, volvía a sentir náuseas... la bilis volvía a inundarle la garganta. La conciencia de que se estaba prostituyendo volvía a apoderarse de ella.

Cuando por fin el agua perfumada se quedó helada, se obligó a salir y secarse el cuerpo. Le habían preparado una túnica elegante y diáfana y, aunque en cualquier otro momento Gabrielle habría admirado de verdad la tela y habría disfrutado al ponérsela, en esta ocasión se sentó al lado muy angustiada, temerosa de ponérsela.

Llena de dolor y con una gran incertidumbre, se vistió y esperó a que los guardias vinieran a buscarla. Y por fin lo hicieron.

Gabrielle siguió a su escolta por los pasillos hasta la habitación de la alcaidesa. No paraba de recordar todas las veces que Xena le había dicho que se "concentrara" y los métodos de control que Xena había aprendido de Lao Ma. Podía hacerlo, se aseguró a sí misma. Esto era por el bien supremo. El mundo necesitaba a Xena.

Cuando la pesada puerta se abrió, los guardias se hicieron a un lado, dejando que Gabrielle viera a Talasa, que estaba también vestida con un atuendo muy revelador. Había un buen fuego en la chimenea y la luz era escasa y suave.

—Gracias, guardias —dijo la alcaidesa con una gran sonrisa—. Podéis iros —los echó con un gesto de la mano e indicó a la bardo que entrara.

Gabrielle sentía que no podía moverse... pero obligó a sus pies a avanzar. La puerta se cerró con fuerza tras ella y alguien echó la llave por fuera. Tragó con dificultad, pero su rostro no revelaba el espanto que se agitaba en su interior. Parecía estoica e indiferente.

Concéntrate, Gabrielle. Imagínate que estás con tu amor.

—Ven a mí —dijo Talasa, alargando la mano hacia ella. La bardo avanzó y se vio arrastrada a la cama grande y mullida que estaba en el centro de la habitación. La alcaidesa empujó a Gabrielle sobre el colchón y luego se echó a su lado, sonriendo.

—No sabes cuánto tiempo llevo soñando con este momento, bardo mía —dijo Talasa mientras sus dedos tocaban el hombro y el costado de Gabrielle ligeramente, trazando pequeños círculos sobre su piel.

Gabrielle cerró los ojos.

Imagina a tu amor. Estas manos son las de ella...

La bardo abrió los ojos de golpe. El amor que se estaba imaginando no era su difunto marido... era Xena. La cabeza le dio vueltas ante esta revelación.

La boca de Talasa se posó hambrienta sobre la de Gabrielle. Y ésta se debatió con el impulso instintivo de apartarse, de oponerse a estas atenciones tan poco deseadas.

La que te está besando es Xena... estos son sus labios...

Gabrielle besó dócilmente a la mujer, con los ojos firmemente cerrados y la respiración agitada. Las caricias de Talasa empezaron a cubrir gran parte del cuerpo de la bardo, pero Gabrielle no correspondió. En cambio, mantuvo los ojos cerrados y al imaginarse a su guerrera encima de ella, le resbaló una lágrima por la mejilla.

Capítulo 6

Cuando Xena tenía las rodillas aferradas contra el pecho, oyó movimientos procedentes de la trampilla que tenía encima. Se levantó de un ágil salto y escuchó con más atención.

La puerta se abrió y una escala de cuerda cayó hasta ella. Sin dudarlo un instante, Xena se agarró a la escala y trepó hasta salir de la celda. Al llegar arriba, vio que los que la habían rescatado eran guardias de Talasa.

—Debes venir con nosotros —dijo el más alto.

—¿Por qué?

—Porque la alcaidesa te ha dejado libre.

Xena se quedó de piedra. Evidentemente, Gabrielle había conseguido salvarla después de todo.

—Ven con nosotros —le ordenó el guardia más bajo—. Tenemos que asegurarnos de que estás aseada antes de dejar la isla.

—¿Dónde está Gabrielle? —preguntó la guerrera un poco preocupada.

Los guardias se miraron y parecieron intercambiar una sonrisa suficiente.

—Se está preparando para reunirse contigo.

—¿Entonces ella y yo nos marchamos de aquí juntas?

—Ésas son las órdenes de la alcaidesa —confirmó el guardia más alto. Luego se echó a un lado para que Xena pudiera pasar por la puerta abierta de la celda y la guerrera así lo hizo... pero algo no iba bien.

Xena fue conducida a una habitación donde había una bañera humeante y una muda de ropa dispuesta sobre una silla. Examinó el agua del baño con desconfianza, pero no parecía haber nada en ella salvo jabón.

Se metió y le pareció estar en la gloria. Se lavó cada centímetro cuadrado de su cuerpo cubierto de fango y el pelo... y cuando terminó, volvió a lavarse todo.

Cuando quedó totalmente convencida de que no le quedaba superficie corporal por frotar, salió del agua y se puso la túnica y la falda limpias que le habían dejado.

Entonces los guardias regresaron a buscarla.

—Te hemos traído algo de comer —dijo el más bajo, ofreciéndole una bandeja de pan, queso y fruta.

—¿Dónde está Gabrielle? —preguntó Xena, sin hacer caso de la comida que le ofrecían—. Por favor. Necesito hablar con ella.

—La alcaidesa acaba de terminar con ella —dijo el guardia más alto—. Todavía se está preparando.

Xena pasó la mirada de un guardia a otro.

—¿Qué quieres decir con que "ha terminado con ella"?

Los dos guardias miraron al suelo. Xena insistió.

—¿Qué le ha hecho a Gabrielle? —exigió saber.

El guardia más bajo miró a Xena con expresión de lástima. Xena se acercó más a él con ojos suplicantes.

—Dímelo. ¿Qué ha pasado?

—Supongo que da igual porque no tardarás en saberlo —razonó el guardia en voz alta—. Tu amiga aceptó acostarse con la alcaidesa a cambio de vuestra libertad.

—No —dijo Xena y en sus ojos surgió una rabia feroz y salvaje, una rabia que llevaba días acumulándose.

—¡NO! —gritó y agarró al guardia más grande con una mano, lo levantó y lo estampó contra la pared. El guardia más bajo intentó atacarla. Lo agarró de la garganta y lo sujetó contra la pared al lado de su amigo.

Los soltó a los dos y se volvió hacia la bañera. Rugiendo e incoherente de rabia, soltó un aullido gutural desde las entrañas, levantó un lado de la enorme bañera y derramó el agua por todo el suelo.

Luego, tan deprisa como había aparecido, la rabia pareció agotarse. Miró a los dos guardias. Respiraba fatigosamente y tenía el pulso acelerado, pero los guardias se dieron cuenta de que estaban a salvo, por el momento.

—¿Cuándo voy a ver a la alcaidesa? —gruñó.

—No la vas a ver —le espetó el guardia más alto, frotándose el creciente chichón que tenía en la cabeza—. Vas a comer y luego te llevaremos al barco para que vuelvas a tierra.

—¿Con Gabrielle?

—Sí.

Xena se planteó sacarles los genitales a estos hombres por la boca de una patada y hacerse con el control del penal. Por los dioses, el lugar merecía arder hasta los cimientos.

Se detuvo. No... no era cierto. No era culpa del penal que la mujer que lo dirigía fuera una zorra malévola carente de afecto o compasión. Y en realidad era ella la que había hecho que Talasa fuera así...

Xena suspiró al sentir el peso de sus crímenes pasados de una forma totalmente nueva. De la misma forma en que la destrucción de Cirra por parte de Xena había creado a un monstruo que un día acabaría matando salvajemente al marido de Gabrielle, ahora, al haber desfigurado sin piedad a una mujer inocente, había creado a un animal amargado que había violado a Gabrielle y se había cebado de su bondad.

Xena se sintió de repente incapaz de seguir en pie... el peso de todos sus pecados pasados la oprimía y la debilitaba. Le entraron ganas de llorar.

—Volveremos en seguida para llevarte al barco —le dijo el guardia más alto y los dos hombres dejaron sola a la guerrera, visiblemente turbada.

Y cuando la puerta se cerró tras ellos, con la llave echada, Xena cayó de rodillas y apoyó la frente en la pared, sin ánimos para seguir viviendo. Se le atenazaron los músculos del estómago y notó que se iba a echar a llorar.

—Gabrielle... —dijo y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Se sujetó el estómago y se sintió horriblemente enferma por lo que había sufrido Gabrielle. ¡Por ella!

Era culpa suya. Tendría que haber encontrado una manera de escapar del penal. ¿A cuánta gente más iba a defraudar? ¿Cuántos más tenían que sufrir por su causa?

Xena deseaba tanto a Gabrielle. Tanto que a veces casi no podía soportarlo. Pero siempre había algo que le impedía revelar lo que sentía. Y por esto, era posible que Gabrielle nunca pudiera volver a disfrutar de la intimidad física... con nadie.

Ni siquiera podía odiar a Talasa por esto. No, era a sí misma a quien odiaba. Ah, si tuviera una daga con la que cortarse la garganta. Qué maravilla, qué placer conseguir eliminar de la faz de la tierra a la mujer más malvada del mundo, para siempre. Y cómo mejoraría la vida de Gabrielle.

Sentía curiosidad por los castigos que la esperaban en el Tártaro. Por mucho que lo intentara, no conseguía imaginarse nada lo bastante horrible.

Pero no tenía derecho a matarse. Tenía que expiar.

—Expiar —dijo en voz alta, escuchando la palabra. Qué ridícula sonaba. ¿Qué podría hacer en el mundo que pudiera aliviar por un segundo siquiera el horrible dolor con que vivía Talasa? ¿O eliminar este día de los recuerdos de Gabrielle?

Pero tenía que hacerlo y, peor aún, ahora tendría que hacerlo sin Gabrielle. Porque Gabrielle la iba a odiar por esto, por fallarle. Iba a dejar a Xena.

Xena se abrazó las rodillas y se meció sumida en la agonía y la tristeza.

—Te acabo de recuperar, Gabrielle —dijo.

Y volvió a estallar en sollozos.

Capítulo 7

Xena estaba sentada en el barco que iba a volver a tierra, con los ojos enrojecidos, y en su cara se advertía claramente la angustia que sentía. No se movía, simplemente contemplaba el suelo, con las manos en el regazo.

—¡Xena!

La guerrera levantó la mirada y vio la cara sonriente de su cariñosa bardo.

—¡Gabrielle! —exclamó, alargando las manos para tirar de ella. Las dos se abrazaron estrechamente y Xena acarició el pelo de la bardo con ternura.

—Lo siento tanto, Gabrielle —susurró—. Lo siento tanto.

—¿El qué? —la bardo miró a Xena a los ojos y se quedó sorprendida al ver lágrimas en ellos. Apartó una frotándola ligeramente con el pulgar.

—Lo que has tenido que hacer... para rescatarnos. Ha sido todo culpa mía.

—Xena...

—No, es cierto. Tú me has dado tanto y yo no he hecho nada más que hacerte daño y darte dolor y sufrimiento...

—Pero yo no podría ser feliz sin ti, Xena.

—Sshh —dijo la guerrera, volviendo a abrazar a Gabrielle y apoyando la barbilla en la cabeza de la bardo—. Deja que te abrace por ahora. Es lo único que quiero.

Gabrielle se conformó. Ya habría tiempo para hablar más tarde.

La travesía no fue larga en absoluto. Y las dos mujeres se quedaron dormidas apoyadas la una en la otra, pues la fatiga de los días de tensión, preocupación y ansiedad las había dejado agotadas. El ruido de la tripulación moviéndose a su alrededor las despertó y, tras recoger medio atontadas las cosas de Gabrielle, desembarcaron.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó la bardo, estirándose cuando sintió la luz del sol por lo que le parecía que era la primera vez desde hacía una eternidad.

Xena la miró llena de remordimientos y angustia.

—No... no lo sé. Sólo quiero estar contigo.

Gabrielle sonrió.

—No viajemos más por hoy —propuso—. Vamos a encontrar una posada, a cenar y dormir.

Xena se limitó a asentir. Tenía miedo de tomar más decisiones... miedo de que tuvieran las mismas consecuencias horribles que las que había tomado en el pasado. Estaba muy cansada y se sentía vacía por dentro.

Gabrielle notó que Xena estaba demasiado afectada por la última semana para mostrarse fuerte, de modo que decidió ser fuerte por las dos. Consiguió una habitación en una posada y encargó una cena caliente en la taberna de al lado.

Xena no comió. Simplemente se dedicó a jugar con la comida en el plato.

—¿Xena?

—¿Sí?

—Tenemos que hablar de esto.

—Quieres dejarme —dijo la guerrera sin levantar la mirada siquiera.

—¿Qué?

—No te culpo, Gabrielle. Serías feliz de no ser por mí.

—¿Pero qué estás diciendo?

La guerrera miró a los ojos verdes como el mar de la bardo.

—Estoy diciendo que he echado a perder tu vida. Lo único que puedes hacer es dejarme. Es la única posibilidad que tienes de ser verdaderamente feliz.

—Xena, tengo que contarte lo que pasó entre Talasa y yo.

—No puedo... no podría soportar oírlo, Gabrielle.

Gabrielle dejó unos dinares en la mesa y cogió a Xena de la mano, tirando delicadamente de ella para levantarla.

—Vamos —dijo la bardo suavemente y llevó a la guerrera de nuevo a la posada y escaleras arriba hasta su habitación.

Xena se sentó con aire desamparado en el borde de la cama.

—Xena, es evidente que sabes lo que quería Talasa de mí a cambio de nuestra libertad.

—Sí.

—Y sabes que yo daría lo que fuera por ti.

Xena se levantó y se acercó a la bardo, cogiéndola de los hombros.

—Pero dar tu cuerpo —susurró—. Saber que te ha tocado es algo que me mata por dentro.

—Pero mientras me tocaba, Xena, era en ti en quien yo pensaba.

—¿Qué?

—Eran tus labios lo que sentía, y tus caricias.

—Pero... —Xena parecía anonadada y se quedó sin habla.

—Y cuando dije tu nombre, se detuvo —siguió Gabrielle.

—¿Cuándo fue eso?

Gabrielle sonrió ante la necesidad que tenía la guerrera de saberlo.

—Pronto... muy pronto. No estuve en su habitación más de diez minutos antes de que me echara.

Xena parecía encantada.

—Qué idea tan estupenda. Claro que no podía hacerte el amor si creía que estabas pensando en mí.

—Bueno, si hubiera sido deliberado por mi parte, aceptaría encantada tus alabanzas.

—¿No lo fue?

Gabrielle alzó la mano para tocar tiernamente la mejilla de la guerrera.

—No. Estaba totalmente concentrada en tu imagen, amor mío. Era la única manera de poder seguir adelante con ello.

Y entonces los labios de la bardo rozaron suavemente los suyos y Xena sintió que el corazón se le aceleraba y la cara le empezaba a arder. El beso terminó y Gabrielle miró los ojos azules que tenía delante, con la esperanza de haber hecho bien en confesar lo que sentía.

—Gabrielle... —Xena estaba sin habla ante la belleza de esta mujer que le estaba revelando con tanta sencillez lo que llevaba en el corazón.

—Sé que tú y yo sentimos amor, Xena... y confianza y devoción. ¿Sentimos también deseo?

—Sí... así es.

Sus labios volvieron a juntarse, pero la suavidad vacilante fue sustituida por una necesidad ardiente. No podían pegarse lo suficiente la una al cuerpo de la otra y sus manos tiraban frenéticas de la ropa por la urgencia absoluta de juntarse sin el estorbo de la tela... de sentir únicamente el contacto de la piel.

Cayeron sobre la cama, sin separar las bocas más de un instante. Había un hambre frenética entre ellas, una necesidad de saborearse mutuamente... de sentir el cuerpo de la otra mientras se regodeaban en la sensación de ser acariciadas.

Xena no se saciaba de la boca de la bardo y acariciaba con las manos los firmes abdominales y la esbelta cintura antes de alcanzar el trasero maravillosamente redondeado de Gabrielle. Ninguna fantasía de Xena podría haberla preparado para este momento, pues la realidad podría haber llevado a una piedra al orgasmo.

Gabrielle mantenía los ojos abiertos. Esto era real y quería observar hasta el último segundo de todo ello. Contempló la expresión de Xena al colocarse encima de la guerrera desnuda y empezó a frotarse provocativamente contra el muslo de Xena.

Ambas mujeres trataron los pechos de la otra con absoluta reverencia. Los acariciaron y mordisquearon, hasta que el anhelo creciente de la descarga las llevó a concentrarse en otras zonas de mayor prioridad.

—Por los dioses —gimió Gabrielle mientras seguía montando el muslo de Xena—. Sí...

Cuando el orgasmo se apoderó de la bardo y su cuerpo se estremeció por el estallido, Xena se incorporó y volvió a acercar su boca a la mujer que amaba. Los gritos de Gabrielle se apagaron por el beso de su amante, pero la pasión que seguía provocando murmullos en su garganta prendió el fuego que la guerrera llevaba dentro con renovada intensidad. Nunca había deseado a nadie tanto como deseaba a Gabrielle en estos momentos.

Con energía, colocó a la bardo boca arriba y el beso continuó, una osada exploración de labios y lengua dentro de la boca de la bardo, así como de su alma. Gabrielle tenía los ojos desorbitados de saciedad y amor y su mano bajó para acariciar a Xena donde pudiera experimentar el mismo placer que ella misma acababa de tener.

—Qué mojada estás, Xena —susurró Gabrielle amorosamente mientras proseguía con sus atenciones. La bardo estaba hechizada por la visión de su guerrera por encima de ella, agitándose extasiada en su mano.

—Llevo tanto tiempo deseándote, amor mío —dijo Xena.

—Y me tienes. Siempre me tendrás.

Xena bajó los labios para saborear de nuevo a su amante. No se saciaba de la boca de Gabrielle. Mordisqueó los labios de la bardo con los dientes.

La guerrera se detuvo al sentir la primera acometida del orgasmo inminente. Gabrielle observó la cara de Xena y se dio cuenta de que estaba a punto.

Acercándose al oído de Xena, susurró sensualmente:

—Córrete por mí, mi amor. Dame tu orgasmo.

Xena, que nunca rechazaba una petición cortés de su bardo, obedeció, gritando el nombre de su amante y estremeciéndose por la fuerza de su orgasmo.

Cayeron juntas sobre el colchón, cansadas y satisfechas.

—Xena —dijo Gabrielle—, te quiero tanto.

—Y tú eres tan maravillosa —dijo Xena—. Que la ciudad me perdone por lo que estoy a punto de hacer.

—¿El qué? —preguntó Gabrielle.

Xena saltó de la cama y abrió las puertas del balcón de par en par. Era plena noche. Salió al balcón, completamente desnuda, y abrió los brazos para saludar a la noche.

—¡AMO A GABRIELLE! —gritó—. ¡Y ELLA ME AMA A MÍ! ¡LA MUJER MÁS MARAVILLOSA DEL MUNDO ME AMA A MÍ! ¡A MÍ! ¡VAMOS, ARES, INTENTA RECUPERARME AHORA! ¡HADES, NO NECESITO TUS CAMPOS ELÍSEOS! ¡POR LOS DIOSES, LOS TENGO EN ESTA HABITACIÓN!

Gabrielle se echó a reír.

—Vamos, Xena, para ya —dijo riendo—. Vas a despertar a todo el mundo.

Xena regresó con su amor.

—No puedo evitarlo —dijo—. Todo el mundo te quiere, Gabrielle. No puedo creer que tú me quieras a mí de verdad. Qué feliz me haces. Puede que nunca me merezca tu amor, pero voy a pasarme el resto de mi vida intentando ser digna de él, te lo juro.

—¿Todavía piensas que debería dejarte? —preguntó la bardo, sonriendo.

—Probablemente —contestó Xena, metiéndose en la cama—. Pero si lo intentas, lo lamentarás.

Gabrielle se echó a reír.

—Sí, lo lamentaré.

FIN.

P.D. Espero lo hayan disfrutado tanto como yo!!!
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